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DESDE PASTORAL: PASCUA DE RESURRECCIÓN

Dejamos a Jesús en el sepulcro. Los más cercanos a Él están rotos por la pérdida. Su madre y las mujeres cercanas le han enterrado y se preparan para embalsamarlo. Los discípulos están dispersos y escondidos, lidiando cada uno con su propia actuación en la Pasión: el abandono, el miedo, el haberle dejado solo o haberle negado. Y lidiando también con la sensación de fracaso de un proyecto, de un sueño, de una buena noticia que al final ha conducido a su maestro a la cruz.

 Y, sin embargo, un tiempo después volveremos a encontrar a esos mismos discípulos en medio de la calle, hablando sin temor, afrontando los RIESGOS, enfrentándose a quienes condenaron a su maestro. Los veremos de nuevo, sintiéndose seguros, LIBRES. Convencidos de que la muerte no tiene la última palabra, de que en verdad Dios estaba con ellos, y de que es el mismo Jesús quien les acompaña ahora, en su Espíritu. Los veremos llenos de alegría, de coraje, de SUPERACIÓN, de FE y de CONFIANZA.

A la LUZ de lo ocurrido, empiezan a cobrar sentido sus palabras acerca de vencer a la muerte. Sienten en sí una presencia que les lleva a hablar del espíritu de Jesús en sus vidas. Se saben enviados y con una misión, que es continuar el camino abierto por su maestro. Una certidumbre va ganándoles. No es temeridad ni locura, sino la lucidez de quien se pone en marcha. Y como consecuencia de todo ello, pierden el miedo. Se atreven a salir a la LUZ y a proseguir su misión. Ellos proclamarán la buena noticia. Ellos serán quienes continúen derribando muros, sanando heridas, vaciando sepulcros y proclamando la salvación. Ellos darán la vida, siguiéndole hasta el final.