“EL BELÉN: UNA TRADICIÓN CON MUCHA HISTORIA”

Por David García Trigueros, profesor de Educación Secundaria Obligatoria:

“Encontraréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 12). Con estas palabras el ángel se dirigió a los pastores, anunciándoles uno de los mensajes más importantes de toda la historia del Cristianismo: el Hijo de Dios se hacía carne, tal y como había predicho el profeta Isaías; había nacido el que era “consejero maravilloso, Dios fuerte, padre para siempre, príncipe de la paz” (Is. 9, 5). Quizá los pastores, en ese preciso momento, no llegaran a entender del todo lo que el ángeles les había dicho pero pronto terminarían por comprender, y admirar con sus propios ojos, que estaban ante un momento único y excepcional que cambiaría para siempre la historia del mundo.

Así de importante es la Navidad, así de importante el nacimiento de Jesús. Y por eso mismo los cristianos se han encargado de conmemorar año a año aquel prodigio, que Dios tomara forma humana para traer a todos un mensaje de paz, amor y esperanza. En cada momento de la historia se han buscado formas de expresar ese mensaje de una forma distinta, adaptándose a los signos de los tiempos; pero habrá una fecha concreta, en 1223, que marcará un antes y un después para los cristianos de revivir aquellos primeros instantes del Niño Jesús.

En el norte de Italia, en Asís, un modesto fraile llamado Francisco inició la costumbre de representar mediante imágenes a la Virgen María y a san José en compañía del Niño recién nacido, acompañados por el buey y la mula, los pastores y los reyes de Oriente. ¿Qué motivó a san Francisco de Asís a una iniciativa como ésta? Enseñar y educar a los pobres mostrando cómo de pobre era Jesús en su nacimiento; cómo los pastores, igual de pobres que aquellos vecinos de Asís, podían ofrecer al recién nacido lo mejor que tuvieran: no sus posesiones materiales sino la riqueza de su corazón.

Con este espíritu fue creciendo la costumbre del belenismo por toda Italia desde mediados de la Edad Media y hasta la actualidad, y con especial incidencia en lugares como Nápoles. Tanto es así que el profesor Francisco Valiñas, en su tesis sobre la Navidad en el barroco español (2005), advertía que “la devoción culta y popular por la Navidad estaba más arraigada en Nápoles que en cualquier otro punto del mundo”. En sus iglesias, monasterios y palacios se empezarían a crear imponentes colecciones de belenes, algunas como la de san Giovanni a Carbonara, con figuras de más de un metro de altura, o la de santa María in Portico, que por su tamaño y por su riqueza sorprendía a propios y visitantes.

El rey Carlos III, que antes de llegar a ser proclamado como rey de España estuvo viviendo en Nápoles, quedó maravillado de aquellas fiestas, de aquellas tradiciones destinadas a rememorar la Navidad y recrear mediante figuras los paisajes de Belén, sus habitantes y el nacimiento del Niño Jesús. Más aún cuando, según el gusto del Barroco, había permitido tomar ciertas licencias estéticas y en vez de representar los elementos de una forma fidedigna al tiempo histórico preferían hacer una radiografía de la sociedad del momento: representación de los palacios del Nápoles del siglo XVIII, personajes pintorescos de aquel momento así como profesiones, modas y costumbres. Una verdadera fotografía realizada en piezas de terracota, maderas y telas.

Carlos III se rodeó en Nápoles de importantes artistas locales para formular sus nuevos belenes, y que serían conocidos a partir de ese momento y hasta la fecha como “belenes napolitanos”. Arquitectos como Muzio Nauclerio y Nicola Tagliacozzi se dedicaron a la construcción de casas, palacios y arquitecturas para el portal; Domenico Vaccaro,  Nicola y Saverio Vassallo, se dedicaron a hacer todas las figuras, animales y objetos; mientras que pintores del calibre de Francesco Celebrando o Giuseppe Sammartino, pintores, eran los encargados de las escenografías y paisajes, que realzaban todo el trabajo anterior.

En España ya existía una tradición belenista desde la época de los Habsburgo pero no será hasta el siglo XVIII, bajo el reinado borbónico de Carlos III, cuando adquiera una importancia que llega hasta nuestros días. Desde Nápoles había traído su belén napolitano para ser colocado en algún lugar importante del Palacio del Buen Retiro. Aquella pequeña colección de figuras rápidamente se iría ampliando, importándose piezas traídas directamente desde Italia. Esta afición por el belenismo de Carlos III caló también ampliamente en su hijo, Carlos IV, quien conseguiría crear la colección más importante de España: un belén de casi 6000 piezas que realizaron los mejores escultores del neoclasicismo español como José Esteve, José Ginés o Álvarez Cubero. Todo un derroche de figuras, casas y escenarios que convertía aquel belén en una verdadera ciudad, llena de luz, color y ambiente navideño.

El éxito y fama de aquellos belenes fue tal que rápidamente se popularizaron por toda España, extendiendo a todos los hogares la tradición que, hasta el momento, sólo había llegado a arraigar en conventos e iglesias. Las mejores familias del momento apostaron por grandes escultores para hacer sus propios belenes, como el caso de Jesualdo Riquelme, quien contó con la mano de Salzillo; pero muchas otras familias, anónimas y más modestas, también empezaron a crear sus belenes. Aquella tradición – más allá de las modas del arte – sigue aún hoy viva entre nosotros, haciendo que en cada casa siga la costumbre de recrear aquellas escenas que rodearon el nacimiento del Hijo de Dios. Un momento único para recordar cómo, a lo largo de la historia, tantas familias se han unido para recordar aquello que llevó a los pastores y a los reyes hasta un humilde establo de Belén: contemplar la llegada del Mesías, el Emmanuel: “Dios con nosotros” (Mt. 1, 23).

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